jueves, 14 de agosto de 2014

Un pucho

  Se hacen interminables las horas. Paso de todo y de todos, pues el tiempo y las ganas pasan de mí. Los papeles fluyen como agua a medida que me convierto en otro peón de este juego sin sentido. 
Llega el momento de fumar un cigarrillo. Aquella droga maldita que tan aceptada está en la sociedad. Aquél vicio que tantas vidas cuesta a diario y que aún así se convierte en un pequeño cable a tierra en medio de tanta burocracia. 
  Mientras el humo inunda la habitación veo como aquellas manos de gris claro se convierten en formas familiares. Pienso en mi vida, en el camino que recorro. Me da tiempo a pensar en mi tristeza, en ella y su indiferencia, en lo que podría haber sido y sin embargo, no fue. Pienso en el tiempo que transcurro encerrado entre cuatro paredes, en como la llamada "mala sangre" se convirtió en la única sangre que fluye por mis venas. Me preocupo de la amargura que transpira mi alma, por ser tan joven y a la vez tan viejo. Pienso en la vida que me gustaría tener y sin embargo, no tengo. Pienso en como mis esfuerzos valen cada vez menos, en como veo pasar los días desde ojos que ya no son míos. Ya no sonrío, simplemente sigo. El cigarrillo se comienza a terminar, las últimas pitadas dejan un sabor todavía más amargo porque me recuerdan que debo volver. 
  Se termina mi desahogo de palabras que nadie leerá, mis lágrimas convertidas en letras, mis suspiros convertidos en oraciones. El fax y el teléfono suenan desesperadamente, debo regresar. Y mientras largo la última bocanada de humo dejo en el aire todos los pensamientos que son más libres que yo, mientras se escapan junto al aire por la ventana del sector fumador.


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