jueves, 14 de agosto de 2014

Curas conflictivas

  Algunas veces lo único que separa a una mente de la locura es una pequeña esperanza. Pero esa esperanza muchas veces se desvanece en el aire sin importarle estar condenando a la perdición a una infeliz alma. La siguiente historia no es ficción, ni realidad, sino una mezcla elocuente de ambos. Una historia tan aburrida como cualquiera que ocurren a diario, historias que ignoramos y consideramos insignificantes, sin saber que pueden jugar un papel crucial en acontecimientos venideros.
  Solía vivir en la lluvia, mientras su cabeza bailaba al compás de bellas canciones y su corazón se escapaba imaginando amores de película. La decepción siempre estuvo a su lado, dándole conversación en los momentos más aburridos y devolviéndolo a tierra cada vez que volaba demasiado alto. Triste es pensar que alguien con tanto potencial ocupe sus días intentando no llorar. Pero en su golpeada alma los moretones se iban acumulando. Aquel "no" del que siempre estuvo seguro pero aún así, dolió igual. Aquellas magias que lo dopan ante la vida y luego lo persiguen por las noches. Aquellas sonrisas que ocultan los peores miedos y llantos, el odio profesado hacia el ser humano. No hay escala que llegue a acaparar la cantidad de monstruos que se ocultaban bajo esas remeras gastadas de rock and roll. Durante demasiado tiempo escapó a la locura, mirando con miedo sobre su hombro, calmando ansiedades en bocas adictivas y forjando alianzas con remedios peores que la enfermedad. 
  Hasta que un día, inesperadamente, en su mente y ser se produjo un cortocircuito. Dejó de temer a sus demonios, de llorar penas y amores, dejó de vivir en sufrimiento. Pero también dejó de emocionarse por las pequeñas sorpresas de la vida, de sentir alegría, dejó de reír. Su vida se resumió a simplemente existir, sin influenciar a nadie, sin ser percibido, querido u odiado por nadie. Estaba en la soledad más plena de todas, sentía que podía morir en cualquier instante y a nadie le importaría en lo más mínimo. No hay nada que ofrecerle a quien siente que lo ha perdido todo, su mente no piensa con claridad, su boca habla con la seguridad de quien no tiene nada que perder. Y así despierta en callejones sin luces, o termina la noche con los nudillos sangrando, la vida no es la única que sabe como golpear. El filo sonríe como nunca y su existencia se desvanece entre píldoras y alcohol. No hay nada que quitarle a quien todo lo ha entregado. Las pocas chances que tuvo de volver a sentir se fugaron con un rotundo "no". Y ahora, enbroncado sale a golpearse con la vida, a desahogar como puede y a llorar cuando no lo ven. Que dolor ver a aquel niño que juro el camino correcto con los ojos inyectados en sangre, la ira corre por sus hastiadas venas y solo piensa en lastimar. Nada le devolverá el alma que perdió, lo sabe bien. Pero no dejará de repartir furia, porque es lo único que le queda. Por las noches no duden de que se arrepiente, el no busca dañar, pero nadie le enseñó a parar. Solo sabe que se siente vivo cuando duele, cuando realmente duele. Y todas las excusas que vengan después no le interesan, ningún consuelo barato lo librará del tormento, por eso seguirá. Porque la oscuridad de la noche lo encuentra solo, y sus lágrimas no las para nadie excepto el, y eso lo hiere más. Pobres aquellos que sufren victimas de problemas mundanos, cuando el dolor viene desde el interior es cuando más quema.

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