Mentiría si dijera que no disfruté verte al menos en sueños, traspasar esa barrera tecnológica que nos "unió" en tan poco tiempo para al fin tenerte frente a frente, verte a los ojos, verte reir. En todo momento supe que era mentira, que todo fue producto de mi subconciente, pero era tan divertido pasear a tu lado, escucharte hablar sin parar sobre cosas que no tenían sentido, me desentendí durante un rato de la carga de ser yo.
En mi primer sueño te invité a pasear, un viaje atrevido cargado de adrenalida, sin querer te hice conocer mi lado impulsivo, te demostré que si bien mis decisiones muchas veces son malas, siempre las tomo con el corazón. Al despertar me deshice de risa al ver la realidad, y ese día puedo jurar que no hubo nubes. Me hiciste pensar, sin siquiera saberlo, en como algo que jamás pasó puede mejorar mi humor, ese fue un gran día.
La segunda vez que soñé con vos, empecé a codearme nuevamente con mi pesimismo, me gritabas y te enojabas por algo que no lograba entender, yo solo me mudé a esa pocilga de ciencias arcanas para tenerte cerca, más solo obtuve tu odio y tu rencor. No entendía que pasaba, solo quise darte lo mejor de mi para verte bien, y antes de cerrar los ojos, esperaba que en alguna parte estuvieras teniendo un sueño placentero. Que iluso puedo ser cuando me dejo llevar por mis fantasías, y no es fantasear mi preocupación, sino el no poder disfrutar mis delirios: quería invitarte nuevamente a andar en bicicleta hasta que se hiciera de noche y poder preguntarte cualquier cosa con tal de escucharte una vez más.
Pero el tercer sueño, ese que tuve al final de un día agotador fue, por mucho, el peor de todos. Desde que pisé las tierras de mis engaños supe que algo malo pasaría, y supe que tendría que ver con vos, pero no iba a despertar. No pensaba abrir los ojos hasta verte una última vez, después de todo, no tengo apuro por volver a soñar con infiernos. Te hablé sobre mis historias, mis cuentos de niños rodillas raspadas y te pedí que jugaras un rato conmigo, hicimos de todo en mi mentira menos jugar. Mostraste total indiferencia ante mí, me dejaste bien en claro que no hay nada poético en engañarse a uno mismo y que ni siquiera en mis sueños puedo darme el lujo de divertirme. Bueno, no es que esperase algo más que decepción, siempre veo eso en la gente desde el primer saludo y preparo mi escudo para distanciarme del dolor. Pero te juro que no quería hacerlo, no quería desconfiar, quería que me lastimes, que me muestres que ya tengo que dejar de buscar algo que no va a llegar. Así que me abrí una vez más, una última vez, y dejé que apuñalaras sin piedad. Quiero aprender del dolor, volcar mi desesperación a un papel de mártir inventado, absorver el daño de cosas que nunca pasaron y tomarlo como reales vivencias.
Lo bueno de haberte soñado tres veces fue que llegué a conocerte sin haberte visto a los ojos realmente, pude escucharte, vi mover tus labios sin para y no hice nada para detenerte. Hablame, hablame hasta que pierda las ganas de responderte y solo me quede en silencio para apreciarte. Ya no voy a volver a soñar con vos, no porque no quiera, sino porque sé que así será. Me mato de a poco cuando duermo, algún día despertaré con el alma muerta y sabré que aprendí de sufrir, todo lo que había para aprender. Gracias una vez más, y si por azares del destino te llego a ver en alguno de mis engaños nocturnos, quiero que me hables sobre lo que nunca pasó. Contame que hubiese pasado si nos hubieramos lastimado realmente, endulzame el oído relatándome tu día, demostrame como llorar es cosa de débiles y esta vez, quiero que seas vos la que me invite a pasear en bicicleta hasta que no veamos la luz del sol.
El extraño
El peculiar recorrido por tierras oníricas y retorcidas observaciones de la vida cotidiana, ni más, ni menos.
miércoles, 11 de marzo de 2015
jueves, 14 de agosto de 2014
Lo que queda atrás
Hoy me encuentro ante la nada que yo mismo elegí. Veo las consecuencias de mis acciones, de mis malas decisiones y de mis pocas ganas de un futuro brillante. Veo al hombre que fui, al niño que intenté no olvidar, veo lo que no quiero ser. Y a pesar de que veo todo, no quiero nada. Llegué al final que nadie quiere ver, el final de la voluntad. Llegué a donde no me quiero volver a ver jamás, a donde se pierde el fuego del alma. Y ahora, en este rincón olvidado del mundo, lo único que anhelo es un final sin dolor. Un viaje rápido sin recuerdos, sin arrepentimientos, sin recriminaciones. Se acabó la mentira de la sonrisa, y las letras que danzan en elogios, se acabó la postura que sostuvo como un guerrero todos estos golpes, ya no necesito fingir. Me despido, sin reproches, sin odio, sin lágrimas, simplemente me despido. Lo hago sin palabras, con pocos gestos, sin nada que decir y todo guardado dentro. Ahorro de llantos y penas es lo mejor que podemos hacer en este mal parido día, pues no habrá respuesta. Lo único que me queda por decir, es que no busquen una olla de oro al final del arcoiris, ni suerte en los pétalos de cuatro hojas. El hombre forja su camino, el cobarde recorre el que forjaron los demás, y yo no recorro ninguno. No busco gloria, ni renombre, ni siquiera importancia, ni que me recuerden. Busco un fin, un cierre y a otra cosa, y lo que no veo más, ni quiero ver. No se esperen nada de mí, pues soy nada, y no llenen el vacío con nada, pues soy todo. Ya no más, no más ahora, no más siempre. Guiño el ojo y me voy, pues no quiero verlos más. A mi barquero le pido sea amable, y me de conversación mientras viajamos a mi último destino. No quiero aburrirme ni pensar en lo que dejo atrás, solo quiero ver hacia adelante. Y a todo lo que quedó atrás, le pido que permanezca ahí.
Human being
Pues es en aquella oscuridad donde el hombre se conoció. Allí se sintió, e intentó aprender sus limites. Se le dijo al humano que no cruce donde no se debe cruzar. Que no haga preguntas, que no sueñe. Y el humano intentó obedecer. Silenció la llama de la curiosidad y plantó la semilla de la ignorancia en cerebros por crecer. Pero no todo humano se sentía cómodo obedeciendo. No todos deseaban vivir en la oscuridad.
Es cuando se enciende aquél fuego que jamás se apaga por completo, que descubrimos de lo que somos capaces. Pues el limite siempre fue el cielo, y no hay cielo qie pueda contener tanta ambición. Y la emoción no terminará mientras hayan humanos que guarden el poder de querer y hacer. De crear e intentar. De caer y levantarse.
Y mientras que nuestra vida no es más que un parpadeo en la vida del universo, siempre se puede trascender. Y creamos que solo somos tan grandes como nuestros actos nos reflejan. Así que actuemos, hoy y siempre.
Es cuando se enciende aquél fuego que jamás se apaga por completo, que descubrimos de lo que somos capaces. Pues el limite siempre fue el cielo, y no hay cielo qie pueda contener tanta ambición. Y la emoción no terminará mientras hayan humanos que guarden el poder de querer y hacer. De crear e intentar. De caer y levantarse.
Y mientras que nuestra vida no es más que un parpadeo en la vida del universo, siempre se puede trascender. Y creamos que solo somos tan grandes como nuestros actos nos reflejan. Así que actuemos, hoy y siempre.
Quejas de rutina
¿Ya es lunes? Ni cuenta me di. Parpadeo mientras bostezo e intento que no se me
caiga ningún sueño mientras me visto. Agarro el documento, la maldita sube que
tan imprescindible me es ya y salgo. Bajo los escalones con la posibilidad en
mente de que me tropiece y muera, pensamientos de lunes. Y el colectivo pasa
mientras el chófer con una sonrisa burlona me mira como diciendo: "seguí participando".
Y lo hago, sigo esperando, porque como muchos, tengo la urgente prioridad de
llegar a un trabajo de mierda donde no me pagan nada. Y en ese viaje de poco
más de una hora veo rostros cansados, cruzamos miradas y nos odiamos sin
conocernos. Leo mi libro, procuro no ver a nadie, prefiero creer durante un
rato que todo esto es solo una etapa. Y de pronto, el pánico, la horrible
visión de llegar a los 40 años y seguir igual hace tambalear mi cordura. Sacudo
mi cabeza y me recuerdo que aún estoy a tiempo, que las cosas pueden cambiar.
Me enamoro un par de veces, no conozco sus nombres y aunque me interesaría
conocerlos, ellas no sienten el mismo interés por mi. Pero no hay caso, no por
esta soledad voy a frenar mi compromiso con sentirme para la mierda. Y mientras
cruzo parque centenario me pregunto si es normal esta pena, si el resto de las
sonrisas son tan fingidas como la mía. Debe ser el colectivo, la rutina
consigue colocarlo a uno ante su más negativo rostro.
Así es como dejo atrás por un rato mis ganas de asesinar al mundo y llamo a la
cancha a mis ganas de vivir y reír. Mis desamores ahora me provocan risa, y me
río del colectivo que pasó y me dejó de recuerdo un pantalón lleno de sanja. Me
río de la gente que se abalanza hacia el fondo del colectivo como huyendo de
algo, o buscando algo. Me río de que mi jefe me fume los cigarrillos, y del
descontento de mi compañero con la vida. Me río de la monotonía, de la rutina,
hasta que recuerdo que nada cambia. Aunque todos te aseguren que todo esto es
una etapa de tu vida, esto solo es verdad si vos mismo lográs que así sea. Yo
no voy a seguir regalando mi tiempo, ni voy a seguir desperdiciando momentos. Y
el día de mañana me encontrará libre, rodeado de quienes disfrutan que los
disfrute, de las mismas ansias de querer conocer el mundo que poseo desde que
tengo memoria.
Que utópico y soñador puede ser uno cuando se encuentra atrapado en un mundo
que no le agrada, pero después de todo: ¿Quién
no odia un poquito a todos? Si
es ese sabor amargo del desear que una bomba destruya todo lo que nos mantiene
cuerdos cuando no hay más lugar en el subte. Es esa esperanza de que una
tormenta de fuego o una plaga de zombies nos condene a todos lo que nos da un
segundo respiro cuando te enteraste que cortaron el puente Alsina porque no les
parece suficiente lo que el gobierno les paga por reproducirse como conejos.
Pero, ¿Sabés qué? Aumentaron de nuevo el boleto, y ahora pago $3,50 todos los
días de ida y $3,50 de vuelta, ¿No
te alegra el día eso? Y no te
olvides de que aquél tipo de mirada sospechosa te está siguiendo hace tres
cuadras. No parece querer tener una charla amistosa, diría yo que está mirando
tu celular. Pero no vayas a negárselo, no sea cosa de que te vuele los sesos de
un tiro. Porque si mueres, algún comisario se quejará de tener que acudir a su
deber. No vayas a complicarle
la vida a nadie, y tratá de no manchar el piso con sangre, porque alguna
criada suspirará por tener que limpiar el desorden. Mejor sigue caminando, no
es tan malo.
Ahora
lo recordé, ¿Te conté que aumentaron la factura del celular? Pero no te va a
alcanzar el crédito, por si tenías la duda aún. Internet no es tan barato como
parece en los comerciales. Y para emparejar, también aumentó el gimnasio. Así
es, llegar al verano en forma te va a costar $300 por mes, lo cual para alguien
como tu jefe no sería mucha plata, pero...vos no sos jefe de nadie, solo de vos
mismo y aún así, a veces ni vos mismo te hacés caso.
Disculpá, no era mi intención recordarte lo miserable que puede ser nuestra
vida, es solo que tenía ganas
de no ser el único pesimista en este ascensor que va directo al fracaso y a la
frustración. Pero hasta la que atiende en el kiosco me ignoró, así que
mientras espero humillado en un costado que me vea allí parado, imagino una
lluvia de balas destrozando sus góndolas, su mostrador. Imagino la forma más
fácil de ir a Alaska, y me veo en alguna estúpida fantasía corriendo por algún
verde prado, sin horarios, sin rutina, solo con deseos por cumplir. Pero bueno,
ya van a ser las seis de la tarde nuevamente, y ya no hay tiempo para ver
libros en la calle, ni para tomar una cerveza con un amigo. Ya no hay tiempo
para escribir un libro, ni para ir al cine. Porque el colectivo viene otra vez
lleno, y la señora a la que le cediste el asiento continúa pegándote con el
bolso, y mientras me quedo sin tiempo para encontrar el amor, me va viniendo el
sueño a acompañarme. Bueno, a comer y contestar de mala gana para dormirte
temprano, no te olvides de preguntarte mientras mirás la luna sobre el sentido
verdadero de la vida y la superficialidad de esta sociedad. Ahora dormí, y no
molestes a nadie con tus quejas, porque mañana a las seis y media tenés que
estar arriba y esperando el colectivo, e
intentá no llegar tarde esta vez.
Pasaje de vuelta
¿Es este el mismo tren
al que me subí hace ya tanto tiempo? Todo parece indicar que sí. Son los mismos
asientos, el mismo olor a lluvia que atraviesa la ventana mientras anochece,
los mismos vagones, iguales entre ellos, pero hay una diferencia. No son los
mismos pasajeros, el tren sigue avanzando pero los vagones se vacían, comienzo
a pensar que seré el último en bajarme. Pero bueno, eso no importa por ahora,
tengo que intentar concentrarme y recordar hacia donde estoy viajando. Recuerdo
un sentimiento de miedo, eso fue lo que me impulsó a subir al tren. Recuerdo
estar a punto de llorar, y mirar a todos lados buscando algo, pero no sé qué
¿Me habré subido buscando una simple compañía? Sí, eso debe ser, me sentí tan
solo que hasta la presencia de extraños en un tren me hacía sentir mejor.
Bueno ya tengo el porqué de mi viaje, pero aún me falta saber hacia donde voy.
Y ese es mi verdadero temor. Podría terminar en cualquier lado, incluso podría
estar peor que antes de subirme a este maldito tren. Sigue anocheciendo, cada
vez hay menos personas, unos pocos solitarios como yo me hacen compañía en esta
fría noche. Sus ojos están rojos, como si hubiesen llorado durante horas, sus
labios tiemblan, como si quisieran volver a hacerlo, me pregunto: ¿Me veré yo
también de esa manera? Por algún motivo me volvió el miedo que sentía antes de
subir al tren, y de a poco comienzo a recordar todo. Sí, ahora lo recuerdo
bien. No quería subir al tren, quería arrojarme delante de él, que mi vida se
extinga al sonido de los gritos de miles de extraños. Pero me detuve a último
momento, acobardado y subí, esperanzado de que este viaje de alguna manera me
devuelva las ganas de vivir. Pero no es así, mis ganas de vivir se extinguieron
hace tiempo. Bueno, ni modo, tendré que pasar la noche en algún bar y a la
mañana esperar otro tren, a ver si de una vez por todas tengo el valor de
acabar con mi vida.
El pacto del escritor.
El
escritor había perdido su inspiración. Las historias que en su mente fluían
habían desaparecido. Sabía el porqué. Su alma no soportaba más, se aferraba a
este mundo con todas sus fuerzas pero la verdad molestaba en cada átomo, en
cada molécula de su ser:no
deseaba vivir más.
Día
a día durante años fingió ante sus pares una sonrisa que nunca demostraba lo
que realmente sentía. Cada noche, cuando debía de estar escribiendo, se quedaba
por horas mirando el cielo, esperando que quizás alguien se apiade de su
sufrimiento. Pasaba horas preguntándose si algún día sería capaz de sentir la
felicidad que todos decían sentir. Lo intentó lo más que pudo, pero allí, en la
soledad de esa terraza, no parecía haber una salida que no traiga sufrimiento.
Así
que el escritor llegó a una decisión, no había motivo para seguir mintiéndose a
sí mismo, si su alma rogaba escapar del banal mundo terrenal para irse vaya a
saber uno donde, el no era quien para prohibírselo. Tomó un frasco de pastillas
que había estado guardando para esta ocasión en especial, cargó la pistola que
siempre había tenido en caso de emergencia y se la llevó a la boca. Entre
lágrimas y un enorme sentimiento de tristeza y odio, odio hacia él y hacia el
mundo que tantas veces lo había ignorado, intentó apretar el gatillo, pero se
detuvo. Un hombre vestido de traje se paraba frente a él, sonriendo. Vestía
elegantemente, un traje negro con una corbata roja hacía notar que ese hombre poseía
una rara cualidad para la moda. El escritor se incomodó, no por el hecho de que
ese hombre haya aparecido en su terraza como por arte de magia, sino por su
sonrisa. El misterioso hombre solo estaba allí parado, sonriendo, a la vez que
encendía un cigarrillo y se acercaba al escritor con paso firme pero lento.
-
No tienes que seguir sufriendo, ¿Sabés?- Dijo el hombre de traje
- No
intentes detenerme, no encuentro ningún motivo para seguir viviendo-
Respondió el escritor
-
No intento detenerte, simplemente te ofrezco una mejor solución que el olor a
polvora y tus sesos decorando las paredes.
-
Te escuchó, pero más te vale que no sea ninguna broma, como verás, estoy en un
momento bastante importante.
-
Yo no bromeo, vengo a hacer negocios. Te propongo lo siguiente: no serás feliz,
pero te daré el poder necesario para hacer sufrir al mundo que tantas veces se
ha olvidado de tí. Podrás vengarte de todos, tus enemigos, las personas que no
supieron valorarte, aquellos que te demostraron falso afecto, esas personas a
las que siempre apoyaste pero que no se tomaron ni un miserable
segundo de sus patéticas vidas para intentar ayudarte.
-
¿Cómo sé que no me vas a engañar? He visto y leído cientas de historias donde
al final siempre terminas estafando a aquellos que se atreven a pactar con vos.
-
Mi querido amigo, no pienso estafarte, pienso quedarme con tu alma por el resto
de la eternidad pero antes, te daré la oportunidad que tu torturada alma
siempre deseó,
El escritor tiró el arma, se incorporó y mirando a los ojos del misterioso
hombre de traje, cerró el pacto. Un apretón de manos que finalizaba en un agudo
pinchazo. El escritor vió como un hilo de sangre corría por la palma de su
mano. El hombre de traje mojo una delicada pluma que traía en la sangre del
escritor y acto seguido, firmó un papel que no le permitió ver a el atormentado
escritor.
Un largo e interminable silencio pareció parar el tiempo. Entonces, el hombre
de traje solo sonrió y dijo:
-
Así comienza el mejor día de tu vida, ojalá no me defraudes. Tienes todo el
poder necesario para hacer sufrir y llenar este mundo de dolor, la decisión es
tuya, escritor.
¿Qué hubiese pasado?
El
cielo se nublaba cada vez más, él, estudiante de psicología, aguardaba paciente
el colectivo. Por alguna razón los días así le traían calma, y ni hablar de la
lluvia. Para él, la lluvia era la cosa más fantástica del mundo. Nunca había
entendido porqué, solo sabía que allí, escuchando
música bajo la parada del colectivo esperando a que lloviera en aquel helado
invierno, estaba en paz. Decidió encender un cigarrillo para
disfrutar aún más aquel pacífico momento, en ese instante, una joven de hermosa
voz se acercó a el:
-
Disculpá, ¿Tenés fuego?- Preguntó con una suave y delicada voz
El,
que siempre había sido bueno para hablar, para comunicarse, quedó casi mudo.
Logró alcanzarle su encendedor y de pronto se recuperó de la sorpresa inicial. Ella
era hermosa, piel blanca como la luna, cabellos castaños claros y suaves caían
delicadamente por debajo de sus hombros. Sus ojos, de un color avellana parecían
helar su interior, no se había sentido así desde hace años. Ya
no recordaba la última vez que se había sentido así por una mujer, solo sabía
que por alguna misteriosa razón, esta chica lo había conquistado con unas
simples palabras. Se sintió vulnerable, el temple mental que creía tener había
desaparecido. Decidió que sin importar qué, iba a estar con esta chica.
-
¿Cómo te llamás?- Le preguntó titubeante a la chica.
-
Perdoná pero no suelo darle mi nombre a extraños, no es nada personal.-
Respondió ella a la vez que con una delicada sonrisa miraba a los ojos del
ahora intranquilo estudiante de psicología.
Comenzó
a desesperarse, ella no parecía tener ningún interés de sociabilizar con él.
Los miles de problemas que había estado ignorando volvieron a él de pronto,
todos juntos. Su baja autoestima, su timidez, su pesímismo, todo parecía
complotarse para evitar que él pudiera hablar con la hermosa joven que parecía
tener algún tipo de apuro.
Pero estaba harto de sentirse solo en el mundo, de no tener a nadie con quien
compartir su vida y sobre todo, de no poder demostrarle a alguien más que
dentro, muy dentro, no era una mala persona, simplemente deseaba sentirse
acompañado una vez más.
Así que decidió intentar retomar la conversación, pero la chica se incorporó
para irse. En ese preciso momento, la lluvia se desató furiosamente, obligando
a la chica a esperar bajo la parada a que la lluvia parara.
-
Es mi oportunidad- Pensó- Bueno y ¿De dónde sos?
-
Soy de por acá, de Lanús, pero la verdad es que estoy muy cansada y deseo
llegar a mi casa ya.-
-
¿Trabajás?- Preguntó, con un disimulado optimismo debido a que la chica al
menos había respondido de manera que pudiesen continuar la charla.-
-
No, por ahora no. Estudio paisajismo, pero hoy pasé todo el día viajando así
que no doy más ¿Y vos?-
-
Yo estudio psicología, recién estoy en el primer año pero es una carrera que
siempre me llamo la atención-
-
¡Que bueno! Cuando te recibás podrías atenderme a mi, seguramente necesito un
psicologo urgentemente.- Respondió ella a la vez que reía a carcajadas.-
Nuevamente
quedó helado, su risa, hermosa de igual manera que su rostro o sus sonrisa, lo
había cautivado aún más.
De
pronto, salió de su trance. Allí se encontraba él, en la
parada, esperando el colectivo, escuchando música y fumando. Todo igual, sí,
pero con una diferencia, no había ninguna chica allí. La joven
de la que perdidamente se había enamorado estaba ya cruzando la avenida. Otra
vez lo había hecho, otra vez había desaprovechado la oportunidad, le había
ofrecido fuego a la chica pero mientras el luchaba contra los demonios que no
lo dejaban hablar, la joven se había marchado. Tuvo ganas de llorar, pero no lo
hizo, después de todo, así era su vida. Así era el, un cobarde, que pasaba sus
días culpándose por la soledad que lo torturaba, pero jamás tuvo el valor
necesario para cambiar la situación.
De
esta manera, el estudiante de psicología, irónicamente, no podía resolver sus
propios problemas. La lluvia llegó para camuflar sus lágrimas, mientras que
veía al colectivo doblar la esquina. Secó sus lágrimas, respiró hondo y
aceptó, una vez más, que seguía solo. Una vez más se estaba preguntando: ¿Qué
hubiese pasado?
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