jueves, 14 de agosto de 2014

¿Qué hubiese pasado?

  El cielo se nublaba cada vez más, él, estudiante de psicología, aguardaba paciente el colectivo. Por alguna razón los días así le traían calma, y ni hablar de la lluvia. Para él, la lluvia era la cosa más fantástica del mundo. Nunca había entendido porqué, solo sabía que allí, escuchando música bajo la parada del colectivo esperando a que lloviera en aquel helado invierno, estaba en paz. Decidió encender un cigarrillo para disfrutar aún más aquel pacífico momento, en ese instante, una joven de hermosa voz se acercó a el:
- Disculpá, ¿Tenés fuego?- Preguntó con una suave y delicada voz
   El, que siempre había sido bueno para hablar, para comunicarse, quedó casi mudo. Logró alcanzarle su encendedor y de pronto se recuperó de la sorpresa inicial. Ella era hermosa, piel blanca como la luna, cabellos castaños claros y suaves caían delicadamente por debajo de sus hombros. Sus ojos, de un color avellana parecían helar su interior, no se había sentido así desde hace años. Ya no recordaba la última vez que se había sentido así por una mujer, solo sabía que por alguna misteriosa razón, esta chica lo había conquistado con unas simples palabras. Se sintió vulnerable, el temple mental que creía tener había desaparecido. Decidió que sin importar qué, iba a estar con esta chica.
- ¿Cómo te llamás?- Le preguntó titubeante a la chica.
- Perdoná pero no suelo darle mi nombre a extraños, no es nada personal.- Respondió ella a la vez que con una delicada sonrisa miraba a los ojos del ahora intranquilo estudiante de psicología.
 Comenzó a desesperarse, ella no parecía tener ningún interés de sociabilizar con él. Los miles de problemas que había estado ignorando volvieron a él de pronto, todos juntos. Su baja autoestima, su timidez, su pesímismo, todo parecía complotarse para evitar que él pudiera hablar con la hermosa joven que parecía tener algún tipo de apuro.
  Pero estaba harto de sentirse solo en el mundo, de no tener a nadie con quien compartir su vida y sobre todo, de no poder demostrarle a alguien más que dentro, muy dentro, no era una mala persona, simplemente deseaba sentirse acompañado una vez más.
  Así que decidió intentar retomar la conversación, pero la chica se incorporó para irse. En ese preciso momento, la lluvia se desató furiosamente, obligando a la chica a esperar bajo la parada a que la lluvia parara.
- Es mi oportunidad- Pensó- Bueno y ¿De dónde sos?
- Soy de por acá, de Lanús, pero la verdad es que estoy muy cansada y deseo llegar a mi casa ya.-
- ¿Trabajás?- Preguntó, con un disimulado optimismo debido a que la chica al menos había respondido de manera que pudiesen continuar la charla.-
- No, por ahora no. Estudio paisajismo, pero hoy pasé todo el día viajando así que no doy más ¿Y vos?-
- Yo estudio psicología, recién estoy en el primer año pero es una carrera que siempre me llamo la atención-
- ¡Que bueno! Cuando te recibás podrías atenderme a mi, seguramente necesito un psicologo urgentemente.- Respondió ella a la vez que reía a carcajadas.-
 Nuevamente quedó helado, su risa, hermosa de igual manera que su rostro o sus sonrisa, lo había cautivado aún más.
  De pronto, salió de su trance. Allí se encontraba él, en la parada, esperando el colectivo, escuchando música y fumando. Todo igual, sí, pero con una diferencia, no había ninguna chica allí. La joven de la que perdidamente se había enamorado estaba ya cruzando la avenida. Otra vez lo había hecho, otra vez había desaprovechado la oportunidad, le había ofrecido fuego a la chica pero mientras el luchaba contra los demonios que no lo dejaban hablar, la joven se había marchado. Tuvo ganas de llorar, pero no lo hizo, después de todo, así era su vida. Así era el, un cobarde, que pasaba sus días culpándose por la soledad que lo torturaba, pero jamás tuvo el valor necesario para cambiar la situación.
 De esta manera, el estudiante de psicología, irónicamente, no podía resolver sus propios problemas. La lluvia llegó para camuflar sus lágrimas, mientras que veía al colectivo doblar la esquina. Secó sus lágrimas, respiró hondo y aceptó, una vez más, que seguía solo. Una vez más se estaba preguntando: ¿Qué hubiese pasado?


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