No
soportó mirar atrás, no toleraba ver el llanto de amigos, de familia ni de
nadie, solo sabía que iba a hacer lo necesario para terminar con esta agonía. Lo tildarían de cobarde, llorarían
por él, lo odiarían por tomar la decisión que tomó pero sabía que solo duraría
un tiempo, que luego se olvidarían de él. Eso lo tranquilizaba un poco, saber
que por primera vez en su vida tenía el control sobre sí mismo. No cometería el
mismo error dos veces, esta vez no habría despedida, no crearía la posibilidad
de que alguien interviniera en los acontecimientos que iban a suceder. Lo hizo, cometió
el pecado máximo, atentó contra lo único que no le habían
podido quitar. Atrás dejó las noches de llanto, el dolor de seguir esperando
que alguien lo oyera, la inmensa pena de comprobar que se encontraba solo en
este mundo.
Cuando abrió los ojos se encontró rodeado de un inmenso vacío, de un silencio
inquebrantable, al parecer, nada era como lo habían descrito. Ni llamaradas
quemando a las almas en pena, ni un cielo para que aquellos que se ganaron el
paraíso disfrutasen de la eterna dicha, solo el silencio. Sintió que lo
observaban, que alguien clavaba intensamente su mirada en él. Volteó para todos
lados buscando el origen de esta sensación pero no encontró nada. Decidió
simplemente recostarse y pensar, pero esto no duró mucho. A su lado apareció
una mujer, un vestido blanco de suaves telas cubría su delgada silueta, poseía
cabellos y ojos negros como la más cerrada de las noches y una sonrisa que
inspiraba paz. Acarició con amor la mejilla del joven, esto provocó que sin
darse cuenta, el comenzara a llorar. No sabía porque ni podía hacer
nada para impedirlo, solo lloraba. La joven se recostó al lado del joven
y lo abrazó. Él no lo podía creer, por primera vez en muchísimo tiempo sintió
que alguien lo comprendía. De miles de maneras había intentado,
infructuosamente, explicarle su malestar a la gente. Siempre obtenía las mismas
respuestas, nada lo contentaba. Sin embargo, esta mujer, una perfecta
desconocida, había logrado llenar su alma de felicidad y a pesar de que él ya había olvidado
como se sentía ser feliz, entendió que esta era la eternidad que había estado
buscando. Entendió que mientras esa mujer estuviera allí para secar su llanto,
para abrazarlo y recordarle que no estaba solo, todo estaría perfectamente
bien.
De pronto, todo comenzó a temblar, sintió que su pecho se agitaba bruscamente,
comenzó a elevarse como por arte de magia. Vió como la mujer se incorporaba
para saludarlo delicadamente con la mano, mientras una lágrima caía de su
delicado rostro. El joven comenzó a gritar de odio,
intentó safarse de aquella misteriosa fuerza que lo separaba de la única
persona que había podido llenar su ser de paz y calma. Luchó
todo lo que pudo, pero fue inútil.
Cuando pudo despertar, notó que no se encontraba más en aquel lugar rodeado de
un silencio absoluto, la mujer ya no estaba allí y lo que vió, lo lleno de odio
y horror. Se encontró en lo que parecía ser una camilla, rodeado de médicos que
festejaban porque habían logrado revivirlo. Un respirador le dificultaba
hablar. Se dió cuenta de que otra vez, había fallado, de que alguna cruel
voluntad había decidido que el siguiera viviendo. Con odio e impotencia lanzó
un grito que resonó en todo el hospital, los médicos perplejos lo observaban
como intentando entender el porqué de la furia del atormentado joven.
Así es, una vez más, lo habían detenido. Una vez más habían evitado que el
acabara con su sufrimiento, sin malas intenciones obviamente, pero le habían
quitado el único momento de felicidad que había experimentado luego de tanto
tiempo.
Las decisiones que tomamos pueden no ser las mejores, pero las tomamos porque
intentamos llenar nuestra alma de lo que todos llaman felicidad. Aunque quizás
nadie lo entienda, para algunas personas, el cielo no es aquel paraíso en el
cual vivir en paz toda la eternidad. Para algunos, el cielo se encuentra en
aquella persona que sepa susurrarnos al oído que no estamos solos.
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