Cuando habla de ella,
sus ojos se iluminan, aquella luz no se veía por allí en mucho tiempo. Siente
que la música cambia y baila al compás de su risa. Ella no lo sabe, pero es el
sol que lo despierta de a poco en las mañanas, es su ritmo. Y aunque sabe que
ella no se siente igual, no puede evitar sentir, y pensarla, inspirar, y
desearla. No hay caso para su dilema, de todas maneras siempre se dedicó a
aceptar la triste realidad. Pero nada va a evitar que sonría cuando oiga su
risa en los días más fríos. Nadie le dirá que su rostro le ayuda a seguir.
Amores mudos, amores sordos, ahora mira desde afuera y siente tristeza. El
sabría estar a su lado, el sabría darle sombra o calor. Pero de nada sirve lo
que el "haría". Importa lo que el le hizo, lo que el daño. Ahora su
miedo corre por cuenta de si la verá reparada y con ganas de gritar de la
alegría otra vez, o estará destinado a no dejar caer sus lágrimas, mientras
palpita ese amor que cada vez se quiere esconder menos aunque duela.
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