El
escritor había perdido su inspiración. Las historias que en su mente fluían
habían desaparecido. Sabía el porqué. Su alma no soportaba más, se aferraba a
este mundo con todas sus fuerzas pero la verdad molestaba en cada átomo, en
cada molécula de su ser:no
deseaba vivir más.
Día
a día durante años fingió ante sus pares una sonrisa que nunca demostraba lo
que realmente sentía. Cada noche, cuando debía de estar escribiendo, se quedaba
por horas mirando el cielo, esperando que quizás alguien se apiade de su
sufrimiento. Pasaba horas preguntándose si algún día sería capaz de sentir la
felicidad que todos decían sentir. Lo intentó lo más que pudo, pero allí, en la
soledad de esa terraza, no parecía haber una salida que no traiga sufrimiento.
Así
que el escritor llegó a una decisión, no había motivo para seguir mintiéndose a
sí mismo, si su alma rogaba escapar del banal mundo terrenal para irse vaya a
saber uno donde, el no era quien para prohibírselo. Tomó un frasco de pastillas
que había estado guardando para esta ocasión en especial, cargó la pistola que
siempre había tenido en caso de emergencia y se la llevó a la boca. Entre
lágrimas y un enorme sentimiento de tristeza y odio, odio hacia él y hacia el
mundo que tantas veces lo había ignorado, intentó apretar el gatillo, pero se
detuvo. Un hombre vestido de traje se paraba frente a él, sonriendo. Vestía
elegantemente, un traje negro con una corbata roja hacía notar que ese hombre poseía
una rara cualidad para la moda. El escritor se incomodó, no por el hecho de que
ese hombre haya aparecido en su terraza como por arte de magia, sino por su
sonrisa. El misterioso hombre solo estaba allí parado, sonriendo, a la vez que
encendía un cigarrillo y se acercaba al escritor con paso firme pero lento.
-
No tienes que seguir sufriendo, ¿Sabés?- Dijo el hombre de traje
- No
intentes detenerme, no encuentro ningún motivo para seguir viviendo-
Respondió el escritor
-
No intento detenerte, simplemente te ofrezco una mejor solución que el olor a
polvora y tus sesos decorando las paredes.
-
Te escuchó, pero más te vale que no sea ninguna broma, como verás, estoy en un
momento bastante importante.
-
Yo no bromeo, vengo a hacer negocios. Te propongo lo siguiente: no serás feliz,
pero te daré el poder necesario para hacer sufrir al mundo que tantas veces se
ha olvidado de tí. Podrás vengarte de todos, tus enemigos, las personas que no
supieron valorarte, aquellos que te demostraron falso afecto, esas personas a
las que siempre apoyaste pero que no se tomaron ni un miserable
segundo de sus patéticas vidas para intentar ayudarte.
-
¿Cómo sé que no me vas a engañar? He visto y leído cientas de historias donde
al final siempre terminas estafando a aquellos que se atreven a pactar con vos.
-
Mi querido amigo, no pienso estafarte, pienso quedarme con tu alma por el resto
de la eternidad pero antes, te daré la oportunidad que tu torturada alma
siempre deseó,
El escritor tiró el arma, se incorporó y mirando a los ojos del misterioso
hombre de traje, cerró el pacto. Un apretón de manos que finalizaba en un agudo
pinchazo. El escritor vió como un hilo de sangre corría por la palma de su
mano. El hombre de traje mojo una delicada pluma que traía en la sangre del
escritor y acto seguido, firmó un papel que no le permitió ver a el atormentado
escritor.
Un largo e interminable silencio pareció parar el tiempo. Entonces, el hombre
de traje solo sonrió y dijo:
-
Así comienza el mejor día de tu vida, ojalá no me defraudes. Tienes todo el
poder necesario para hacer sufrir y llenar este mundo de dolor, la decisión es
tuya, escritor.
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