La melancolía no suele pedirle permiso
cuando le llegan las ganas de destrozarlo. Ya no se inmuta, se acostumbró al
dolor de saberse solo en un mar de concreto con tiburones de acero. Sin saber
porqué gira su ya cansada vista hacia lo que el cree es el horizonte ¿Cúantas
noches habrá pasado mirando en esa dirección? Esperando que alguna luz ilumine
su rostro y le haga olvidar el peso que lleva consigo. Ya poco importa, está
cansado hasta de victimizarse, de culpar al mundo y a las insensibles bestias
que caminan sobre el. Esta vez simplemente respira hondo, cierra los ojos y
emprende su marcha. En algún momento se preguntó hacia donde se dirigía, más no
encontró una respuesta. Las mentes más trilladas dirían que escapa de sus
problemas, pero eso solo lo hacen aquellos que tienen esperanza y el no
pertenece a esa estirpe. Es de los que llevan tan arraigados sus dolores que
naturalmente los soportan, sabe que no tiene otra opción. Pues en este mundo de
mentes egoístas resulta victima aquel que demuestra algo de humanidad. Recuerda
antiguos amores, revuelve la olla de sus escasos bellos recuerdos intentando
encontrar una sonrisa, aún sabiendo que eso es casi imposible.
Ya no encontrará formas de mitigar aquel fuego que de a poco consume su
existencia, ya perderá aquella cordura que tantas veces le agarró la mano, ya
no intenta sofocar sus gritos pues estos simplemente no tienen voz. Y así el
eterno caminante continuará, poniendo un pie delante del otro, con la vaga
esperanza en su alma de que su próximo paso lo encuentre con uno de esos seres
que con un abrazo apagan cualquier llama. Después de todo, lo único que al fin
recuerda es como caminar.
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